Comenzamos en la Plaza de la Iglesia. Nos recibe una fuente, la Iglesia Parroquial del siglo XVI y un judas un tanto tétrico venido a menos cimbreandose en un árbol. Y es que, desde que lo colgaron en Semana Santa siguiendo una cristiana costumbre local, ya está bastante madurito. Desde la plaza, la escultura de Rocío Durcal le canta una copla.
Bajamos por la Cuesta de la Fidea; a nuestra derecha el
valle encajonado del río Dúrcal y a nuestra izquierda el famoso Puente de la Lata, primo lejano de la Torre Eiffel.
La Cuesta de la Fidea
desemboca en un carril de tierra que discurre paralelo al río. Es un paseo con agradables áreas de descanso y abundante vegetación: higueras, nogales, arces, avellanos, olmos, mimbreras, chopos y otros árboles de rivera que nos regalan su sombra.
Dejamos a la izquierda el Barranco del Lobo y llegamos a la
Poza de la
Pileta o del Pipa (así se llamaba quien la cuidaba para disfrute de todos los vecinos), donde coinciden el cauce del río Durcal y el
Barranco de la Rambla. A
partir de aquí estamos en los límites del Parque Natural de Sierra Nevada.
Seguimos unos metros el cauce del río hasta llegar a un dique con un pequeño salto de agua. Unas orquídeas llaman nuestra atención. Regresamos hasta el Barranco de la Rambla, en el que nos adentramos un poco y donde paramos a tomarnos la fruta.
Con aquellos que querían vivir una pequeña aventura (un
capricho para los más intrépidos e irresponsables), buscamos una estrecha
senda entre unas mimbreras que nos suben hasta la Acequia Mágina.
El recorrido es de alta dificultad debido a
las estrechuras, el vértigo y a que hay que meterse en las gélidas aguas del río.
Llegó el momento de meterse en el río bajo una frondosa arboleda. Delante de nosotros las impresionantes Cascadas del Canal de Fuga.
Cuando regresamos a la rambla, subimos una cuesta entre cipreses para alcanzar una
vereda que, a media ladera, nos conduce de regreso a Dúrcal. La acequia nos
acompaña de nuevo, ahora de regreso.
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